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Somos espejos que creen suyos los reflejos. Pero ellos pertenecen a una frontera ambigua en la que pocos se atreven a entrar. En esta interzona encontramos principios y finales de diversas sustancias interesantes, tales como el límite que separa una plaza de la calle que pasea rozándole un costado, el corte maestro que nos muestra cómo separar la cabeza del cuello sin llevarse en el acto un trozo de carne que no corresponda al lado correcto, o nuestra naturaleza humana abrazando a su contexto histórico sin darse cuenta de que entre medias, imperceptible, se encuentra la incierta personalidad.
Y ahora yo os reflejo mi ser como el total del cosmos, porque ni la carne contenedora de sensaciones me pertenece, carne que ya ha sido de tantos otros, y ante todo ha sido parte de un todo que nunca se debió dualizar.